Archivo de la categoría: sentimientos

El hilo de la vida.

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El pueblo japonés, que cultiva conocimientos milenarios y ha combinado sabiamente la energía de la vida moderna con la tradición de su pasado, conserva entre sus tesoros didácticos una antigua leyenda sobre la vida. Suelen contar que a todos los seres de este planeta nos han atado un hilo rojo a nuestro dedo meñique y, de este, se continúa el lazo hasta el corazón. Pero de nuestros corazones se desprenden otros hilos rojos que se atan a otros meñiques y de ellos, a cada uno de sus corazones. Y así hasta tener comunicados a todos por una cadena de energía que permite que, cuando necesitemos que alguien nos dé una mano, o nos entregue su corazón, solo tengamos que tirar de ese hilo rojo y ya.

 

Extraído de la revista “Selecciones”.

Soy este…

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Soy este que va a mi lado sin yo verlo; que, a veces, voy a ver, y que, a veces, olvido.

El que calla, sereno, cuando hablo, el que perdona, dulce, cuando odio, el que pasea por donde no estoy, el que quedará en pie cuando yo muera.

                                     JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

La vida, sin nombre…

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La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quien tocar. Tenía boca, pero no tenía a quien hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna.
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos.
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.
EDUARDO GALEANO.

La otra cara del amor.

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Una vez pensé esto sobre el amor, una vez creí que ya nada tenía sentido:

“El amor es un ingrato, que te eleva por un rato

y te desploma porque sí.

El amor es dos en uno

que al final no son ninguno

y se acostumbran a mentir”.

                                         R. Arjona.

Lee por mí.

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Ella repartía ante un público expectante, poemas: poemas huecos, profundos de sonidos brillantes.

Le decía a cada espectador: por favor, lee por mí, que tengo la garganta terrible, que me duelen las vocales, las palabras y me atraviesan consonantes.

Lee por mí (lo decía con voz clara, secreta).

Lee al vagabundo de la esquina, al caballero oxidado, a la viejita plateada, a la adolescente feroz, al niño caperucita, a la señora engominada, al joven imaginador.

Lee por mí, que yo no puedo con esta impertinencia.

                                                                            Nélida, del blog “Mi mundo de letras”.